martes, 4 de mayo de 2010

Unidad 2, LECTURA #2: LA PRISIÓN DE LA LIBERTAD


- CUENTO DE LA MIL Y ONCE NOCHE
El mendigo ciego al que todos llamabas Insh’allah (Lo que Dios quiera), continuó su relato, vuelto hacia el califa:
"Ya oíste, oh señor de todos los creyentes, cómo caí bajo el influjo de aquel perro griego borracho y consumidor de carne de cerdo que se hacía pasar por filósofo y quecon su palabrería me hizo dudar de la sabiduría y del poder de Alá -¡alabado sea su nombre!- y de la única y verdadera enseñanza de su profetas -¡bendito sea el Señor!- convenciéndome con toda clase de artimañas de que el hombre tiene libre albedrío y es capaz de producir el bien o el mal según su propio juicio y su propia fuerza. Esto es blasfemia, pues significaría que la criatura puede sorprender a su creador y que también para el Ser Supremo rige el antes y el después, es decir, que no estaría por encima del tiempo sino sometido a él como todo lo que él ha creado.

Pero tú, oh señor de todos los creyentes, sabes bien que el hombre en presencia del Eterno -¡alabado sea!- no es más que un grano de arena en el desierto y así como éste es arrastrado por el viento de un lado a otro y no puede moverse por sí mismo, así la voluntad de Alá -¡su paz sea contigo, señor!- nos mueve a esta o aquella acción, ya que por propia decisión no somos capaces de nada. Así ha sido desde el principio de los tiempos y así será hasta su fin, pues sólo él, que está por encima de todos los tiempos, conoce el final de las cosas y nuestros más secretos deseos y acciones en todo detalle y desde hace eternidades. Por eso escucha, oh señor de todos los creyentes, cómo la bondad y el rigor del Todopoderoso actuaron conmigo para conducirme a la total sumisión a su santa voluntad, permitiendo que Iblís, el Mentiroso, me tentara y cegara durante un tiempo.

Yo era entonces un joven en la flor de la edad y lleno de la vana presunción que el veneno del griego había destilado en mi corazón. Creía que mi felicidad y mis riquezas se debían a mi talento y saber de comerciante. Perdía mis días en disquisiciones ¿filosóficas con aquel presunto maestro amigo, y mis noches en interminables orgías.

Pensé que ya no tenía que obedecer el orden revelado por Alá a través de sus profetas; abandoné las oraciones y las abluciones prescritas y fui descuidado todos los demás mandamientos de nuestra religión.

Por fin llegué hasta el punto de no cumplir el mes de ayuno, e incluso comí y bebí todo el día 27 del Ramadán en el que se celebra el Lailat al Kadr. Mis criados, escandalizados por mi proceder y aterrados ante la desgracia que así atraía sobre mi casa, huyeron. Yo me reí de ellos y prometí castigarlos públicamente cuando regresaran al día siguiente. Aquella noche me hallaba solo, borracho y medio adormilado por mis excesos, por lo que no sé decir de dónde surgió la bella danzarina que de repente vi en mi diwan. No la había llamado y no la conocía. Era como si hubiera tomado cuerpo de dulces efluvios del hachís que brotaban de mi narguile. La muchacha llevaba un vestido suelto de velos negros con hilos de plata que dejaba traslucir el brillo ebúrneo de sus bien formados miembros. Su rostro era como la luna llena, sus labios competían con las rosas de Samarcanda. Su pelo, que le caía hasta las corvas, tenía el color del plumaje del cuervo y sus manos y pies estaban enrojecidos de henna. El perfume que su cuerpo exhalaba era tan embriagador que pensé tener ante mí una hurí. Empezó a girar en su danza y a doblar su delicado cuerpo mientras sus pulseras de oro tintineaban y los cascabeles de plata de su tobillos imitaban el dulce cricri de los grillos. La acompañaba una música de tan arrebatador apasionamiento que no pude contenerme más.

-¿Quién eres, oh joya exquisita del amor? –exclamé-. Has de pertenecerme aunque me cueste todas mis riquezas. Dime lo que deseas.
Me pareció que de pronto el mundo retenía la respiración y que el tiempo se paraba. La bella se acercó, cayó de rodillas ante mí y abrazó mis pies. –oh, señor- respondió con la voz de una paloma arrulladora-, te pertenezco sólo a ti. Haz conmigo como plazca a tu corazón . Pero antes júrame que obedeces y siempre obedecerás a tu voluntad y no a la de otro.
-Te lo juro por Dios Todopoderoso-dije.
Ella rió y enarcó asombrada las cejas que recordaban las alas de la alondra cuando remonta el vuelo.
-¿Cómo puedes jurar en ese nombre?-preguntó burlona-. Si él es todopoderoso, las cosas suceden según su voluntad y no según la tuya.
-¡Sutilezas! –exclamé riendo también-. ¿Es que estoy rodeado de filósofos? Creí que tenías algo mejor que ofrecerme, o ¿acaso quieres que muera de amor?
Quise atraerla a mi lado sobre los cojines de seda, pero ella se defendió hábilmente y escapó a mis manos como una serpiente.
-Primero ¡júramelo!
-¿En nombre de quién o de qué he de jurar para darte gusto?
La impaciencia me ganaba.
-Júramelo por la luz de tus ojos –ordenó ella, y en sus labios surgió un rasgo cruel.
Yo, enloquecido por saciar mi sed en el pozo de su jardincillo del paraíso, la obedecí.

Entonces ella fue quitándose velo tras velo hasta que ninguna parte de su cuerpo blanco como la leche quedó escondido a mis miradas. Luego vino, se inclinó sobre mí y su pelo negro como la noche nos cobijó cual una tienda. Por fin acercó su rostro al mío y descubrí que las pupilas de su ojos eran rendijas verticales en las que refulgía una luz verdosa. Cuando abrió los labios para besarme salió de entre ellos una larga lengua bífida. Comprendí que había caído en poder de Iblís y del susto me desplomé hacia atrás mientras mi espíritu se oscurecía.

Sentí que me llevaban por el aire, encima de países y mares. La tierra desapareció bajo mi vista y el viaje vertiginoso tomó rumbo al espacio estelar. También las estrellas desaparecieron y me hallé rodeado de oscuridad y vacío.

Estuve largo tiempo flotando en las tinieblas, más allá de los límites de la creación. Por fin percibí una luz verdosa y difuminada, pero desagradablemente punzante. Reconocí en ella el mismo brillo de las pupilas de la danzarina que me había fulminado. Ahora, sin embargo, la luz era omnipresente y no pude discernir de dónde procedía. Cerré los ojos, ya que me producía dolor. Y así pasó un rato hasta que reconocí el lugar en que estaba.

Me hallaba sobre un lecho circular, en medio de una gigantesca sala, también circular, cerrada por una cúpula. No sé cómo describir la sensación de total y definitivo abandono que me invadió y tampoco sé decir a qué características de la arquitectura se debía esa sensación. El enorme espacio se asemejaba a una mezquita, o más bien a una diabólica interpretación de ese espacio sagrado, pues así como éste está imbuido del excelso espíritu del Corán y de sus bienhechores versículos, aquél era el reflejo de un universo vacío e inanimado. Los muros eran lisos y blancos, al igual que la monumental cúpula y el suelo de mármol. No había ventanas, pero en el muro que cerraba en amplia curva la sala se alineaban múltiples puertas. Todas cerradas.
Entonces oí una voz incorpórea, parecida al silbido de una serpiente, que me hablaba desde múltiples partes: -Éste, altivo joven, es el único lugar entre todos los lugares del universo donde no alcanza la voluntad de Alá. Así como una diminuta pompa de aire en la inmensidad del océano está libre de la húmeda sal, así este espacio en el que estarás de ahora en adelante escapa al poder y al saber del Eterno. Yo, el espíritu de la libertad absoluta, lo he creado como templo de la subversión y de la egolatría. Aprovecha la oportunidad y muéstrate digno de mi invitación.

Estas palabras me espantaron, pues no había caído hasta tal punto bajo el poder de ese perro griego como para admitir tales blasfemias, Pero no me atreví a contestar porque me aterraba confirmar con el sonido de mis palabras que había oído realmente aquellas espantosas frases. Empezaba a pensar que lo que había escuchado eran mis propias ideas.
Te parecerá comprensible, oh mi señor, que mi primer pensamiento fuera el de escapar, abandonar por el camino más rápido tan infausto sitio. Otro hombre en otro lugar se hubiera encomendado a la protección y la ayuda de Alá y él le hubiera guiado según su voluntad, pero a mí me estaba negado ese refugio. Aquí comenzó mi desgracia.
Había muchas puertas para escapar, y eso precisamente me confundía. Si sólo hubiera habido una, habría intentado abrirla de inmediato. Debía existir una razón oculta para tanta puerta. Tenía la posibilidad de escoger, pero con cautela, ya que cada una de ellas podía encerrar una trampa.

-Haces bien en dudar- dijo la voz incorpórea como si leyera mis pensamientos-.
Podría ser que detrás de una de las puertas se oculte un sanguinario león que te destroce, detrás de otra florezca un jardín habitado por hadas que te regalarán miles de caricias amorosas, que por el contrario detrás de la tercera te espere un gigantesco esclavo negro para cortarte la cabeza con una espada, tras la cuarta te aguarde un abismo en el que caerás, tras la quinta una cámara llena de joyas y oro que te pertenecerán, tras la sexta un horrible ghul* para devorarte, y así sucesivamente. No digo que sea así, pero podría ser. En cualquier caso tú elegirás tu destino. Elige bien.

Sin abandonar el lecho giré lentamente para estudiar una puerta tras otra, pero todas eran iguales, sin ninguna señal que las diferenciara. Mi corazón vacilaba entre la angustia y la esperanza hasta hacerme brotar el sudor en la frente.

¿Podía confiar en la voz? Tal vez mentía. Además no había dicho que las cosas fueran así, sino que podían ser así. Quizá eran diferentes por completo. Quizá todas las puertas estaban cerradas, excepto una, y ésa era la que yo tenía que encontrar. Resultaba evidente, por otro lado, que unos ojos invisibles me observaban. Para empezar debía descubrir qué puerta me ofrecía la posibilidad de escapar; luego tendría que aguardar un momento propicio. Lo más importante era mantener la calma, me dije. También podía ser que la única puerta no cerrada con la llave fuera otra cada hora, incluso cada instante. Pero ¿quién me decía que sólo se trataba de una puerta? ¿Acaso no era posible que estuvieran sin cerrar con llave dos, tres o más puertas? Por las palabras que había escuchado no se deducía que yo fuera prisionero. Quizá todas las puertas estaban abiertas y podía escoger cualquiera de ellas. Sin embargo, ¿por qué había tantas? Mis pensamientos giraban en círculo.

Tenía que hacer algo para cerciorarme. Me levanté del lecho, crucé la sala y me paré delante de una de las puertas sin atreverme a extender la mano hacia el picaporte. Di unos pasos hasta la próxima, luego hasta la siguiente y la siguiente. No existía razón concreta para preferir una a otra y ante cada una de ellas me asaltó por un instante el miedo a la posibilidad de elegir la peor. Fui andando de puerta en puerta hasta dar la vuelta completa sin llegar a una decisión.

Me puse entonces a contar puertas, sin que pudiera decir en que pudiera decir en qué medida conocer su número me ayudaría a salir de mi desesperación. Pronto tuve que interrumpir el experimento, ya que al serme imposible establecer con qué puerta había empezado a contar ignoraba en cuál terminar. Se me ocurrió quitarme una de mis zapatillas bordadas en oro y dejarla delante de una de las puertas. Recorrí el círculo a la pata coja y al llegar de nuevo a mi zapatilla había contado 1 1 1 puertas. Me estremecí, pues ahora sabía que aquél era el lugar de la locura*. Rápidamente me calcé, fui al lecho en el centro de la sala, me eché en él y cerré los
ojos para reflexionar.

Apenas lo había hecho cuando oí la voz incorpórea:

-Decídete, porque si no te quedarás aquí para siempre.
No cabía duda, la única manera de saber algo sobre las puertas consistía en sonsacar información a mi invisible carcelero. Había que proceder con el mayor tacto. Me incorporé y pregunté con aparente indiferencia:

-¿Hay alguien ahí?
-No-respondió la voz.
Un largo silencio, La sangre me latía en las sienes, pero seguí comportándome con calma. Decidí provocar a mi interlocutor. Al fin y al cabo había aprendido tanta lógica con mi maestro griego como para atreverme a un duelo retórico incluso con el Archimentiroso.

Me esforcé por dar firmeza a mi voz:
-¡Qué tonterías! ¡Seas quien seas, si dices no es que eres alguien y no eres "nadie"!
La voz respondió inmediatamente:
-Oh maestro del ingenio, me sumes en la confusión. ¿Puedes demostrar lo que afirmas?
-¿Para qué? –repuse-. No se demuestra lo obvio. Nadie no puede decir no.
-Si es como dices –continuó la voz-, ¿sería verdadero lo contrario?
-Claro.
-¿Entonces afirmas que nadie puede decir sí? –preguntó la voz.
-¡No!
-¿No?
-Sí, es decir, no.
-Vamos a ver, ¿si o no? ¿O acaso quieres decir que sí es lo mismo que no?
-Quiero decir que nadie, por ser nadie, puede decir sí o no.
-Si comprendo bien tu conclusión –contestó la voz- ¿quieres decir que sólo alguien, en la medida en que es alguien, puede decir sí o no?
-Así es –dije.
-Bien –continuó la voz-. Es lo que yo he hecho. He dicho que no. ¿Por qué, entonces, insinúas que digo tonterías?
-Porque –dije ya agotado- nadie puede responder a la pregunta de si ahí hay alguien con un no sin incurrir en una contradicción.
-Perdona, oh caudillo de los pensamientos –replicó la voz-, pero ¿no será que el que se contradice eres tú? Acabas de explicarme que nadie puede decir sí o no...
-¡No dije eso! –grité.
-¿Ah, no? –preguntó la voz-. ¿Qué dijiste? ¿Qué pretendes demostrar?
Me tapé los oídos, pero seguía oyendo la voz sibilante que se me clavaba en el cerebro:
-¿Por qué dices constantemente lo que no quieres decir? Por favor, acláralo.
Quizá te extrañe. Oh califa, que mi invisible guardián intentara confundirme de manera tan burda. Pero el Malo tiene sus métodos para tentar al hombre y romper su resistencia. Uno de ellos es el del moscón que no hace daño pero que te enloquece con su insistencia y vuelve una y otra vez a tu rostro o a tus manos... y en cada intento de acabar con él te das una bofetada a ti mismo.

No sirvió de nada que escondiera la cabeza debajo del cojín de seda de mi lecho, no había manera de acallar la voz. Cuando yo no respondía, ella repetía su última pregunta cien o mil veces, siempre igual, sin énfasis, sin alterar el tono. Y cuando por fin me decidía ella tergiversaba mis palabras –dijera lo que dijera- hasta que perdían el sentido y el significado y sólo eran sonidos vacíos. Entonces las preguntas se reanudaban.

-Ya sé lo que pretendes –grité-. Quieres que pierda la razón.
-¿Quién? –preguntó la voz.
-Tú, tú, tú –exclamé-. Eres Iblís, el Espíritu del Mal.
-¿De quién hablas? Aquí no hay nadie, como ya sabes. Yo no existo y te lo voy a demostrar. Si yo existiera, se lo debería a la voluntad del Todopoderoso. Sin embargo él no puede desear el mal, pues entonces sería él mismo malvado. Si yo, por otro lado, existiera contra su voluntad, él no sería todopoderoso, sino meramente parte de un todo ¿y yo sería su contrario. No podríamos existir el uno sin el otro y, al mismo tiempo, nos
anularíamos el uno al otro. Por lo tanto, no existimo ni él ni yo.
Esta vez no me dejé arrastrar a discutir con la voz.
-No conseguirás mantenerme prisionero. Me voy.
-Vete tranquilamente –dijo-. ¿Qué te hace pensar que deseo retenerte? Hay muchas
puertas, basta con que elijas una.
-¿No están cerradas?
-Todavía no. Es decir, ninguna está cerrada mientras no abras una de ellas.
-¿Y cuando haya abierto una?
-Entonces se cerrarán todas las demás al instante. Y no habrá vuelta. Elige bien.
Reuní todas mis fuerzas, pues sentía que mi capacidad de decisión se iba debilitando
en el diálogo con el Invisible. Me arrastré hasta una de las puertas y fui a coger el
picaporte.

-¡Espera! –susurró la voz.
-¿Por qué? –pregunté, y dejé caer la mano asustado.
-Recapacita bien en lo que vas a hacer. Después será demasiado tarde.
-¿Por qué no ésta?
-¿Acaso te la he desaconsejado? Dime primero por qué eliges precisamente ésa.
-Pero ¿por qué no? –respondí-. ¿Hay alguna razón para no escogerla?
-Eso debes decidirlo tú.
Dudé.
-Al ser todas las puertas iguales, da lo mismo por cuál de ellas salga.
-Antes de abrirlas todas son iguales, pero luego no –contestó la voz.
-Aconséjame –pedí.
-¿A quién pides consejo? Descubrirás lo que te espera al otro lado de la puerta si la abres. Al mismo tiempo que renuncias a saber lo que te esperaba detrás de las otras puertas, ya que se cerrarán al momento. Tienes cierta razón cuando dices que da lo mismo la puerta que escojas.

A punto de romper a llorar grité:
-¿No hay pues razón alguna para una determinada elección?
-Ninguna –contestó la voz-, excepto la que tú decidas por tu propia y libre voluntad.
-¿Cómo voy a tomar una decisión si no sé adónde me conduce? –exclamé desesperado.
Se oyó un murmullo seco, como una carcajada incorpórea.
-¿Lo has sabido alguna vez? Sí, has creído toda tu vida tener razones para decidirte por esto o por aquello, pero en realidad nunca podías prever si sucedería lo que esperabas. Tus sólidas razones no eran más que sueños o elucubraciones. Como si sobre estas puertas hubiera pintadas imágenes que te engañaran con falsas indicaciones. El hombre es ciego y todas sus acciones en la oscuridad. Uno celebra su matrimonio y no sabe que dos días más tarde será viudo. Otro quiere ahorcarse acosado por las penas y las necesidades y no sabe que la embajada que le convertirá en un hombre rico ya está de camino. Uno huye a una isla desierta para escapar de su asesino y se lo encuentra allí. ¿Conoce la historia de la herradura que Sherezade le cuenta al sultán?
-Sí, la conozco –me apresuré a responder.
-Bien, por eso se dice que todas las decisiones que toma el hombre están prefiguradas en el plan universal de Alá desde el comienzo de los tiempos. Él –según dice- te inspira cada una de tus decisiones, ya sean buenas o malas, necias o sabias, pues él te conduce según su voluntad, como a un ciego. Todo es Kismet, afirman, y eso es una gran bendición. Aquí estás al margen de ella y la mano de Alá no te guiará.

Me levanté y paseé nuevamente por el círculo de puertas –hacia la izquierda, puerta por puerta, y luego a la derecha, puerta por puerta –sin poderme decidir. El exceso de posibilidades y la ausencia de necesidad me paralizaban. Entonces recité los versos siguientes:

Somos prisioneros, condenados a elegir al azar entre innumerables incertidumbres que nos atormentan.
No puede el hombre decidir con fundamento, desconociendo el futuro.
Aunque lo conociera sus pasos estarían determinados porque todo está determinado.
Así que tampoco podría elegir.
Sólo el Señor del Universo posee el saber.
Él guía los planetas y conduce nuestras almas como él quiere.

Tras interminables horas de caminar en círculo el agotamiento me postró en mi lecho. Pasé allí muchos días y noches inmóvil, deseando estar muerto para escapar así la voz incorpórea que no cesaba de insistir en que tomara una decisión. Cuando digo días y noches no se ha de tomar en un sentido literal, porque no había nada que me permitiera medir el tiempo por esta alternancia. La luz verde y difuminada que dañaba los ojos no cambiaba nunca. De tiempo en tiempo caía en un sueño obtuso, del que me despertaba la voz susurrante a la renovada tortura de la elección imposible. Entonces encontraba junto a mi lecho una mesita con comida y bebida sin que nunca descubriera cómo había llegado allí. Para mis necesidades disponía de un orinal que se vaciaba y limpiaba regularmente. A menudo me hacía el dormido con la esperanza de descubrir la puerta por la que se me prestaban tales atenciones para utilizarla en mi huida. Pero mis esfuerzos fueron en vano.

A pesar de que no me faltaba nada de lo necesario para vivir , mis fuerzas declinaban como la llama de una lámpara de aceite en una mazmorra sin aire. Mi pelo y mi barba se volvieron grises, mis ojos se cubrieron de un velo. Comencé a buscar señales misteriosas que me guiaran en mi elección. Por ejemplo, estudiaba el orden de los alimentos y las bebidas sobre la mesita para deducir de él algún posible mensaje. Hacía complicados cálculos con su posición, su número y su forma. Hasta me dediqué a analizar mis propios excrementos esperando encontrar en ellos una clave del destino.

Toda superstición nace de la necesidad de tener que decidir sin la fuerza que se requiere para ello y por eso es obra del diablo. Es evidente, o señor de todos los creyentes, que estos trucos no me ayudaban, pues lo que yo interpretaba como signos o avisos se anulaba por signos y avisos contrarios y al final me veía abocado a mi capricho al que sin la ayuda de Alá no podía arrancar una decisión. Me sucedía como al burro de Abu Ali Dhan, que murió de hambre entre dos montones de heno porque, atraído por ambos, no se decidía por ninguno. Yo no pasaba hambre y mis posibilidades de elección eran mayores, por lo cual mi situación resultaba todavía más penosa.
Durante mis repetidos paseos en círculo –una puerta y otra hacia la izquierda, una puerta y otra hacia la derecha- escuchaba atentamente la voz incorpórea para deducir de una ínfima inflexión en su tono qué puerta era la que debía o no debía abrir. Rogué, supliqué, gemí como un perro apaleado, me humillé de todas las maneras imaginables ante mi invisible carcelero (que en realidad no me retenía) para moverle a que aligerara un poquito la carga cada vez más insoportable de la decisión. Mi torturador, sin embargo, jugaba con mi debilidad.
-Escucha –dijo-, ya es demasiado tarde para tus súplicas. Aunque te ordenara que abrieras esta o aquella puerta tú tendrías que decidir por ti mismo si confiar o no en mí, si seguir o no mi consejo. Aunque estuviera dispuesto a aconsejarme no te podría ayudar.
-Al menos, inténtalo –le imploré.
-Bien, no quiero que digas que rehusé darte una oportunidad. Sigue andando hasta la puerta número 72.
Recorrí las puertas contando afanosamente. Al llegar a la número 72 me paré sin aliento.
-¿Es ésta? –articulé con dificultad.
-Has dado la vuelta por la izquierda –dijo la voz-, pero se trata de la número 72 girando por la derecha.
Corrí pues contando hacía atrás por el lado derecho hasta llegar al número uno; luego continué en la misma dirección contando hasta alcanzar el 72.
-¿Ésta? –pregunté.
-No –respondió la voz-. Te has olvidado del cero y has contado mal.
* Sin duda se refiere aquí a Buridán
-No puede haber una puerta cero –protesté.
-¿Ah, no? –fue la respuesta- ¿Quieres que te lo demuestre?
-¡No! ¡No!
-Entonces empieza de nuevo.
Como me había equivocado no podía ya encontrar con seguridad la primera puerta.
¿Había contado una de más o una de menos? La voz no quiso aclarármelo. Tuve la convicción repentina de que había desperdiciado por ligereza la única indicación útil.

Dispuse entre mis manos de un cabo de la solución y por descuido lo había dejado escapar. Lágrimas de rabia y de frustración me llenaron los ojos y golpeé muchas veces mi frente contra el suelo.
-¿Dónde debo empezar? –grité.
-Donde quieras –fue la respuesta.
-¡Pero tú me has dicho que salga por la puerta número 72!
-Yo no te he dicho eso. Te he aconsejado que siguieras andando hasta la puerta número 72. Podría haber dicho la número 28 o la número 3 para hacerte un favor. Pero no he dicho nada de abrir. Eso debes decidirlo tú.

Comprendí que el espíritu maligno jugaba conmigo y que iría muy lejos con su juego. Sin embargo, me sentía incapaz de maldecirle ya que no había hecho otra cosa que ceder a mis ruegos infantiles. A partir de ese momento guardé silencio y no contesté más a la voz que continuaba hablando sola.

No quiero cansar tus oídos, oh señor de todos los creyentes, ni agotar tu paciencia alargando el final de mi historia. El simple hecho de que hablo aquí, ante ti, demuestra que el Misericordioso ¡alabado sea su Santo Nombre!, no había decidido abandonarme en aquel infausto lugar para siempre. Aún hoy no sé decir si fueron años, decenios, siglos, o únicamente un instante, los que pasé allí donde el tiempo no existe. Mi barba y mi pelo se había vuelto blancos como la nieve, mi piel estaba arrugada y mi cuerpo viejo y decrépito, así como me ves ante ti, oh califa. Exhausto de la constante e insensata lucha contra las cadenas de mi libertad no esperaba ni temía ya nada, no deseaba ni huía de nada. La muerte me era tan grata como la vida, el honor no significaba más que la vergüenza, la riqueza me era tan indiferente como la pobreza.

Era incapaz de la más mínima distinción, pues en aquella luz implacable todo lo que los hombres desean o temen me parecía espejismo.

Mi interés por las puertas fue desvaneciéndose. Hacía mi ronda con intervalos cada
vez mayores –puerta por puerta hacia la izquierda, puerta por puerta hacia la derecha-, hasta que renuncié por completo a mi paseo y apenas si dirigía una mirada a las puertas.

Así no me di cuenta de que se producía en ellas un cambio. Un buen día al despertarme descubrí que su número había disminuido. Utilicé de nuevo mi zapatilla, ahora gastada y vieja, como señal, y conté las puertas. Sólo había 84. Desde aquel momento repetí el recuento cada vez que me despertaba y siempre era menor el número de puertas. Nunca vi cómo desaparecían y nunca hallé en el muro huella alguna. Parecía como si las puertas desaparecidas no hubieran existido jamás.

Después de todo lo relatado, oh señor de todos los creyentes, pensarás quizá que una vez perdidos el temor y la esperanza me resultaría fácil levantarme y abrir una cualquiera de las puertas que quedaban, una cualquiera. Pero sucedió lo contrario.
Como todo me daba igual, carecía de un motivo para decidir. Si al principio me había paralizado el miedo ante un desenlace incierto, ahora la indiferencia ante lo que pudiera acaecer me impedía hacer una elección.
Cuando por fin sólo quedaban dos puertas en los lados opuestos de la sala, constaté con un interés desinteresado que en el fondo venía a ser lo mismo escoger entre innumerables posibilidades desconocidas que entre dos. Ambas cosas eran imposibles.
Cuando sólo quedaba una puerta reconocí que, lo quisiera o no, tenía que decidir si marcharme o quedarme.
Me quedé.
Al despertarme la vez siguiente ya no había puertas. El muro aparecía liso y blanco.
La voz incorpórea calló. Un silencio total y eterno me rodeó. Estaba seguro de que a partir de aquel momento ya no se alteraría nada, que había alcanzado el definitivo estado de la exclusión de todos los mundos, de acá y de allá.
Entonces me tiré al suelo llorando y pronuncié estas palabras:
-Te doy las gracias, Misericordioso, Altísimo y Santísimo, por haberme curado del autoengaño y haberme quitado la carga de la falaz libertad. Ahora que ya no puedo ni debo elegir me resulta fácil renunciar para siempre a mi voluntad y someterme a tu santa voluntad sin protestar y sin pretender comprender. Si ha sido tu mano la que me ha conducido a esta cárcel y me ha encerrado para siempre entre los muros, lo acepto humildemente. Nosotros, los hombres, no sabemos permanecer en un lugar ni sabemos abandonarlo sin la gracia de la ceguera por la que nos guías, Renuncio para siempre a la falsedad del libre albedrío, pues es una serpiente que se devora a sí misma. La libertad total es la falta total de libertad. Todo el bien y toda la sabiduría está en Alá, el Todopoderoso y el único y fuera de él no hay nada.
Caí en un estado parecido a la muerte, pero cuando al cabo de quién sabe cuánto tiempo volví en mí, me hallé como un mendigo ciego aquí, en la puerta de Bagdad, donde tú, oh señor de todos los creyentes, has escuchado hoy mi historia. Desde ese día llevo el nombre de Insh’allah y así me llama la gente.
El califa contempló asombrado al mendigo y dijo:
-¡Extraordinario! ¡Verdaderamente extraordinario! Tu relato será escrito. Pídeme un regalo, que te concederé lo que desees.
El mendigo alzó sus ojos blancos como la leche hacia el señor de los creyentes y contestó con una sonrisa:
-Alá recompense tu generosidad, señor. Pero qué puedes regalarme si poseo lo más grande que puede poseer un hombre.
Cuando el califa oyó estas palabras se asombró aún más y estuvo callado un buen rato. Por fin dijo a su visir:
-Me parece que lo que a éste le ha sucedido ha sido por designio de Alá –alabado sea su nombre- para conducirle a la única riqueza verdadera.
-También a mí me lo parece, señor-contestó el visir.
-Si esto es así –continuó el califa-, dime una cosa: cuando Iblís el Mentiroso declaró que la prisión de la libertad era el lugar del que estaba excluido el poder de Alá como una pompa de aire en el océano, ¿mentía o decía la verdad?
-Ni mentía ni decía la verdad, oh señor de todos los creyentes –respondió el visir.
-¿Cómo he de entenderlo? –preguntó el califa.
-Si realmente existe un lugar que no está lleno de la voluntad del Todopoderoso –
dijo el visir-, únicamente existe por voluntad de éste. Pero por eso mismo su voluntad está en ese lugar, porque sin ella nada puede existir, y tampoco ese lugar. Su ausencia es su presencia. En la perfección del Altísimo no hay contradicción, aunque así le parezca al limitado espíritu humano. Por eso Iblís, el Confundidor, tiene que servirle y no existe sin él.
-Verdaderamente –exclamó el califa- Alá es Alá y Mahoma es su profeta.
Y se inclinó ante el mendigo y se alejó sin darle limosna.
Insh’allah sonrió.


Tópicos para la reflexión (Unidad 2, LECTURA #4)

"Después del juicio, la calma"


+ Explica por qué cumplir la ley o hacer lo habitual no resulta siempre aceptable.
Aceptable se llamaría a todo acto que sea probado por juicios válidos para posteriormente ser aprobado debido a que reune características propias de la verdad y la correcta actitud. En muchas de las veces se llevan a cabo actos conforme a leyes y dogmas sin analizar previamente la razón intima por la cual se nos pide realizar dicho acto, de deseo individual o externo al individuo, y más aún sin analizar el porqué de la constitución de dicha ley o dogma, que sería innegable pero vulnerable a ser rechazada por la misma libertad a elegir inherente del hombre.

+ ¿Por qué dice el autor que la libertad es lo más opuesto a dejarse llevar?
porque dejarse llevar implica no pensar en lo que se hace, lo cual es reprobable para el ser humano, siendo que es la única especie natural sobre la Tierra con la capacidad de hacerlo, es no usar como recurso clave esa única capacidad que nos fue desarrollada sobre las demás especies y hacer como si no existiera ese pensar tan valioso. La libertad de pensar es lo mejor que el ser humano tiene sobre lo demás, haciendo que se autocapture en un red de no usarla.

+ ¿Por qué la libertad supone conciencia y responsabilidad?
porque un ser se vuelve cada vez más libre entre más conciente esté de sus capacidades y limitaciones, aunque no por estar conciente se implica una reacción basada en ese saber, sino se requiere responsabilidad para hacer lo correcto pese a las dificultades que de ello emanen.

+ ¿Quién es verdaderamente libre?
aquel que se sabe en un contexto individual y social como un ser que tiene la capacidad de transformarse así mismo y a lo que le rodea y que busca siempre, el crecimiento y construcción en todo lo que él intervenga. Un ser libre se sabe dependiente de los demás en todo, excepto en la toma de sus decisiones.

+ ¿Cuáles son los significados e implicaciones que puede tener la palabra “bueno”?
Bueno es un adjetivo que se usa para determinar que alguien está haciendo lo correcto en su contexto social o bien, individual. La implicaciones que ello conlleva son que no todos los seres humanos conocen los antecedentes del contexto en que vive cada uno de los otros seres humanos, lo que le impide determinar si alguien es bueno o no, sino que cada uno se encuentra sabedor de lo que le antecede y lo que precencia en viva carne. Ello vuelve indefinible a todo ser humano, haciendose aún más complejo el caso, ya que ningún ser humano tiene absoluto dominio de todo cuanto le ha acontecido, debido a que almenos de joven uno no recuerda gran parte de lo que le aconteció de niño.

Es complejo, si se ve de manera lógica, determinar si alguien es bueno o no, sin embargo, entre más se conozcan las razones por las que un ser humano piensa o actua de ese modo, se tendrán pruebas más contundentes que nos acerquen a la realidad de si ese ser humano es "bueno o no", ya que ello disminuirá el margen de error que se pueda lanzar al definir una característica humana basada en la realidad que se percibe.

Tópicos para la reflexión (Unidad 2, LECTURA #3)

+ ¿Qué es lo que nos lleva a cumplir o no con nuestras obligaciones?

Un juicio previo, válido o no, que se hace como preámbulo antes de elegir actuar o permanecer en reposo, dicho juicio depende de nuestras experiencias, las vivencias de los demás, así como todo lo que se aprende en la cotidianidad.


+ ¿Por qué a veces sabemos qué es lo que debemos hacer y hacemos justamente lo contrario?

Por que somos seres autónomos que aunque seamos obligados a hacer algo, tenemos siempre la oportunidad de decidir si lo hacemos o no sea cual sea la amenaza que haya de por medio en el peor de los casos. Un ser humano tiene la capacidad de decidir lo que quiera, ello depende de su perspectiva y propósito individual en la vida.


+ ¿Cómo podemos averiguar si lo que nos lleva a actuar es una orden, una costumbre o un capricho?

Cada ser humano tiene una especie de base de datos que alberga toda nuestra visión de lo que es la vida con conceptos y actitudes hacia cada evento, dicha “base de datos” interfiere en cada acto y pensamiento, siendo que si estos factores no están bien analizados generan respuestas prejuiciosas o sin fundamento, que como seres racionales tenemos la capacidad y la responsabilidad individual y social de establecer de la manera más correcta que podamos concebir.

Un capricho jamás estará basado en un previo análisis global y será respaldado únicamente o en su mayoría por manifestaciones emocionales y premisas sin fundamento.


Tener la capacidad de averiguar si lo que nos lleva a actuar es un capricho, una orden o una costumbre es inherente a todo individuo que tenga la voluntad de dilucidar en lo que va a hacer antes de llevarlo a cabo.


Toda decisión debe estar basada en juicios de verdad que tengan un respaldo lógico. Es ahí cuando al no encontrar algún tipo de base en uno de los factores a analizar, se entiende que la acción no será respaldada por una idea lógica y aplicable al ser humano con el que interactúe, bien si es por su contexto social, individual temporal o individual inalienable.


+ ¿Por qué para actuar moralmente a veces no bastan las órdenes, costumbres y caprichos?

Por que cada ser humano tiene la capacidad de establecer el respaldo de su acción por medio de sus propios conocimientos y habilidades que se crean en un marco social como de análisis individual.

lunes, 3 de mayo de 2010

Tópicos para la reflexión (Unidad 2, LECTURA #2)


+ Describe que elementos del cuento apoyan la idea de que la libertad no existe porque todo está predeterminado.
Su innecesaria intervención para que desaparezcan las puertas, la frase que recita cuando empieza a entrar en disyuntivas con qué hacer (Somos prisioneros, condenados a elegir al azar entre innumerables incertidumbres que nos atormentan. No puede el hombre decidir con fundamento, desconociendo el futuro. Aunque lo conociera sus pasos estarían determinados porque todo está determinado. así que tampoco podría elegir. Sólo el Señor del Universo posee el saber.
Él guía los planetas y conduce nuestras almas como él quiere.), la omnipotencia del ser superior al elegir todos los pasos de sus creaturas.
+ Describe qué elementos del cuento apoyan la idea de que los seres humanos somos libres.
somos libres al elegir lo que queremos hacer, enfrentar lo que nos ocurre o bien, podemos dejar pasar las situaciones, esperar y dejar que otro haga lo que debemos de hacer nosotros, pero a mi punto de vista aqui hay algo fundamental, que el ser supremo siempre querra lo mejor para su creatura, por ello cuando esta se deja guiar por premisas que vengan de lo bueno y verdadero, hallará complacencia y le irá mejor que si tomase cualquier otro argumento como base para justificar sus acciones. El ser humano es libre de elegir lo mejor o lo peor para él, a sabiendas de que eso tendrá repercuciones positivas o negativas en todas sus demás dimenciones, entendiendo que el ser humano y su existencia no son lineales sino multidimencionales.
+ ¿Qué se te ocurre que representa la voz que el joven oye cuando está encerrado en el cuarto?
todo aquel pensamiento que me aleja de lo bueno y verdadero. La duda a ciencia cierta no es mala, al contrario es un camino que puede llevarte a la verdad, no obstante, tambien te puede llevar a lo que destruye o mata, por ello hay que ser sabios cuando uno se encuentra en situaciones disyuntivas, saber elegir y entender cada uno de los puntos que uno propone como verdaderos o falsos, evaluando todo lo que obstruya nuestro entendimiento hacia lo real y lo sano.

+ ¿Qué es lo que impide que el joven elija una de las puertas y salga?
su falta de capacidad de decisión como su autocontrol emocional, el miedo a equivocarse.

+ ¿Cuándo es más difícil la elección para el personaje, cuando hay 111 puertas o cuando sólo quedan 2? ¿por qué?
se da cuenta que le da lo mismo decidir entre dos o más opciones, al final alguna de las dos puede representarle la vida y la otra la muerte, porque tiene miedo lo desconocido, a lo que le pueda pasar.

+ ¿Cómo se puede interpretar la frase “la libertad absoluta es la ausencia total de
libertad”?
que uno como creatura acepta que es totalmente falto de responsabilidad de lo que acontece en su medio, llegando a pensar que el no inerviene en nada de lo que sucede, aceptando dejarle todo al ser superior del que depende totalmente, dándole toda la responsabilidad que otrora el cargaba, haciendose libre de culpa si algo, en apariencia malo, sucede. Este pensamiento encausa al que lo genera a creer que todo lo que la divinidad hace es por el bien de sus creaturas, y si lo que él hace está bien entonces no hay porqué pensar demás y enredarse en líos que no nos competirían.

Sin embargo, a la verdad, a la fecha no entiendo el porqué absoluto de mi propia existencia y menos la de los demás, pero es valioso pensar que cada ser nació con la capacidad de vivir o morir, de afrontar dilemas o dar la vuelta cada vez que se presenten, es verdad que hay mapas inamovibles que permiten saber a un ser humano si está en lo correcto o no, son esos mapas los que debemos revisar para confrontar y analizar lo que nos sucede. El ser humano no nació para esconderse trás una solución ya absolutamente preestablecida, sin creer en ella, siendo que por la naturaleza del hombre, creer en verdad implica usar todo recurso conciente dado para confirmar a cada instante dicha creencia; el ser humano nació con la capacidad de reformularse y entenderse en un marco individual y también social no una vez, sino una cantidad infinita de veces, lo que lo lleva a reencontrarse con su creador toda vez que se hagan estos juicios, comprendiendo que ese ser no me obligará a hacer lo que Él quiera de mí, sino dejará que yo proponga como mejor me parezca, ya sea o no tomando en cuenta lo que Él tenga como mejor opción a sabiendas de rendir el mejor fruto
.

El ser humano es la única creatura, de la que hasta ahora se tiene conocimiento, de elegir lo que le plazca, a cada momento en el tiempo espacio.


jueves, 29 de abril de 2010

Tópicos para la reflexión (Unidad 2, LECTURA #1)

* ¿Cómo aprendemos los primeros criterios de lo que está bien y lo que está mal?
Mediante lecciones de vida, cometiendo errores o aprendiendo de los errores de los demás, evitándolos.
* ¿Por qué esto ha sido importantes para los seres humanos a lo largo de su historia?
Porque estableciendo un criterio de lo que me hace bien y de lo que me daña acelero la respuesta ante distintas causas haciendo fluir mejor mis actitudes, hecho que es aplicable en cualquier persona dentro de cualquier espacio-tiempo.
* Explica por qué la moralidad supone una relación indisoluble entre el individuo y la sociedad.
porque son las normas basicas para una correcta convivencia social.
* ¿Por qué la libertad es fundamental para constituirnos como sujetos morales?
porque la opresion de ideas no genera fluidez en en la información lo cual conlleva a limitar el panorama de cada individuo cuyo derecho es conocer lo que así demande su contexto social.
* ¿Por qué la posibilidad de equivocarse implica al mismo tiempo la posibilidad de ser mejores?
por que cada error despues de ser cometido genera un modo de ver ese hecho de forma distinta en el sujeto que lo realizó que, de ser tomado en cuenta positivamente, hara que el sujeto no cometa el mismo acto de nuevo o tenga precauciones en su realización.
* ¿Por qué asocia el autor la ética con el arte de saber vivir?
porque la buena conducta genera buenas relaciones para con el entorno.

Unidad 2, LECTURA #1: DE QUÉ VA LA ÉTICA

Hay ciertas cosas que uno puede aprenderlas o no, a voluntad. Como nadie es capaz de saberlo todo, no hay más remedio que elegir y aceptar con humildad lo mucho que ignoramos. Se puede vivir sin saber astrofísica, ni ebanistería, ni fútbol, incluso sin saber leer ni escribir: se vive peor, si quieres, pero se vive. Ahora bien, otras cosas hay que saberlas porque en ello, como suele decirse, nos va la vida. Es preciso estar enterado, por ejemplo, de que saltar desde el balcón de un sexto piso no es cosa buena para la salud; o de que una dieta de clavos (¡con perdón de los fakires!) y ácido prúsico no permite llegar a viejo. Tampoco es aconsejable ignorar que si uno cada vez que se cruza con el vecino le atiza un mamporro las consecuencias serán antes o después muy desagradables. Pequeñeces así son importantes. Se puede vivir de muchos modos pero hay modos que no dejan vivir.

En una palabra, entre todos los saberes posibles existe al menos uno imprescindible: el de que ciertas cosas nos convienen ciertos alimentos no nos convienen ciertos comportamientos ni ciertas actitudes. Me refiero, claro está, a que no nos convienen si queremos seguir viviendo.

En lo único que a primera vista todos estamos de acuerdo es en que no estamos de acuerdo con todos. Pero fíjate que también estas opiniones distintas coinciden en otro punto: a saber, que lo que vaya a ser nuestra vida es, al menos en parte, resultado de lo que quiera cada cual.

Por mucha programación biológica o cultural que tengamos, los hombres siempre podemos optar finalmente por algo que no esté en el programa (al menos que no esté del todo). Podemos decir "sí" o "no", quiero o no quiero. Por muy achuchados que nos veamos por las circunstancias, nunca tenemos un solo camino a seguir sino varios. Cuando te hablo de libertad es a esto a lo que me refiero. A lo que nos diferencia de las termitas y de las mareas, de todo lo que se mueve de modo necesario e irremediable. Cierto que no podemos hacer cualquier cosa que queramos, pero también cierto que no estamos obligados a querer hacer una sola cosa. Y aquí conviene señalar dos aclaraciones respecto a la libertad:

Primera: No somos libres de elegir lo que nos pasa (haber nacido tal día, de tales padres y en tal país, padecer un cáncer o ser atropellados por un coche, ser guapos o feos, que los aqueos se empeñen en conquistar nuestra ciudad, etc.), sino libres para responder a lo que nos pasa de tal o cual modo (obedecer o rebelarnos, ser prudentes o temerarios, vengativos o resignados, estirnos a la moda o disfrazarnos de oso de las cavernas, defender Troya o huir, etc.).

Segunda: Ser libres para intentar algo no tiene nada que ver con lograrlo indefectiblemente. No es lo mismo la libertad (que consiste en elegir dentro de lo posible) que la omnipotencia (que sería conseguir siempre lo que uno quiere, aunque pareciese imposible). Por ello, cuanta más capacidad de acción tengamos, mejores resultados podremos obtener de nuestra libertad. Soy libre de querer subir al monte Everest, pero dado mi lamentable estado físico y mi nula preparación en alpinismo es prácticamente imposible que consiguiera mi objetivo. En cambio soy libre de leer o no leer, pero como aprendí a leer de pequeñito la cosa no me resulta demasiado difícil si decido hacerlo. Hay cosas que dependen de mi voluntad (y eso es ser libre) pero no todo
depende de mi voluntad (y eso es ser libre) pero no todo depende de mi voluntad (entonces sería omnipotente), porque en el mundo hay otras muchas voluntades y otras muchas necesidades que no controlo a mi gusto. Si no me conozco ni a mí mismo ni al mundo en que vivo, mi libertad se estrellará una y otra vez contra lo necesario. Pero, cosa importante, no por ello dejaré de ser libre... aunque me escueza.

En resumen: a diferencia de otros seres, vivos o inanimados, los hombres podemos inventar y elegir en parte nuestra forma de vida. Podemos optar por lo que nos parece bueno, es decir, conveniente para nosotros, frente a lo que nos parece malo e inconveniente.

De modo que parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o arte de vivir si prefieres, es a lo que llaman ética. De ellos, si tienes paciencia, seguiremos hablando en la siguientes páginas de este libro.

"La libertad no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos llevan en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: Sí o No. En su brevedad instantánea, como a la luz del relámpago, se dibuja el signo contradictorio de la naturaleza humana" (Octavio Paz, La otra voz).

"La vida del hombre no puede “ser vivida” repitiendo los patrones de su especie; es él mismo –cada uno- quien debe vivir. El hombre es el único animal que puede estar fastidiado, que puede estar disgustado, que puede sentirse expulsado del paraíso" (Erich Fromm, Ética y psicoanálisis).

LECTURA #5: CONDICIONES DEL DIÁLOGO

La calidad y profundidad de la comunicación no consiste en la abundancia de
palabras, sino en la capacidad de escucha y de relación.

El saber comunicar es un arte que se aprende, tejiendo los distintos hilos que componen la existencia. Pero eso requiere atención, esfuerzo, constancia.
Es preciso descubrir la importancia del silencio, como lugar fecundo y creativo donde brotan las propias opciones y se posibilita la acogida y aceptación del otro.

Para J. Lacroix (1968), desde una perspectiva personalista, “la persona es diálogo”. Por medio del diálogo la persona se conoce y se realiza en comunicación con los otros by consigo mismo. Dialogar es “comprometerse a pronunciar palabras que tengan un sentido”. El contenido del diálogo es la palabra que expresa algo verdadero que apunta hacia el descubrimiento de la verdad. Un diálogo auténtico y verdadero se asienta en la lucidez y la participación. Ser lúcido es ponerse al servicio de la verdad. Por su parte, la participación en el diálogo implica la manifestación personal de la actitud de empatía: sentir dentro el pensamiento del otro, más que conocerlo por una sola razón. Exige una comprensión afectiva , un situarse en el lugar del otro que me conmueve y obliga a una verdadera revisión de mi pensamiento. Dialogar, pues, es exponerse a las razones del otro, sentir la obligación de replantearse problemas, ideas, creencias, etc. por el influjo razonable del otro. Quien no ha vivido la posibilidad de esta especie de sacrificio de sí mismo, no es un interlocutor válido en cualquier diálogo humano.

El diálogo ocupa un lugar central en la ética discursiva, también llamada ética dialógica (Apel, 1991, Habermas, 1985). Se toma como punto de partida que un sujeto moral, afectado por una norma, no puede pronunciarse sobre su corrección o incorrección desligado del resto de los afectados, si no es a través de un diálogo que concluye en un consenso. La ética discursiva otorga al diálogo el papel principal de procedimiento adecuado para que los afectados por una norma tomen decisiones en condiciones de racionalidad y simetría.

En el diálogo, los participantes asumen los mismos derechos: autonomía, igualdad, solidaridad e imparcialidad, por lo que las decisiones sobre la corrección de las normas, en caso de que éstas sean erróneas, son siempre revisables. Las actitudes de quienes participan en el diálogo sólo pueden ir presididas por el interés “moral” de satisfacer intereses universalizables, nunca por el de satisfacer intereses particulares o de grupo. En otros términos, según la actitud que se lleva al diálogo, éste hará posible que las normas sean tomadas con corrección o no. De ahí que el ethos de los individuos sea condición de posibilidad de un diálogo moralmente aceptable. Las características de un ethos de diálogo se plasman en las siguientes actitudes (Cortina, A. 1993: 220-221): a) tener conocimiento de las necesidades, intereses y argumentaciones de los afectados por una norma, lo cual establece un doble plano del diálogo (intersubjetivo e intrasubjetivo); b) recabar toda la información posible que permita tomar decisiones moralmente correctas; c) informar con precisión y firmeza de las necesidades e intereses propios a los demás afectados, respaldado con argumentos; d) voluntad de satisfacer intereses universalizables y dejarse convencer sólo por la fuerza del mejor argumento, y e) estar dispuesto a tomar responsablemente la decisión considerada moralmente correcta.

Cuando dos individuos están en conflicto respecto a algo, caben dos posibilidades de diálogo: el recurso a la acción estratégica o, por el contrario, a la acción comunicativa. El diálogo en la acción estratégica se usa como herramienta al servicio de los intereses particulares del sujeto que habla; no hay acuerdo común, sino utilización del interlocutor como medio para satisfacer fines particulares. La acción comunicativa, por su parte, se sirve del diálogo para hacer posible el acuerdo. Los requisitos para que el diálogo permita la exposición de argumentos y la vía del acuerdo son: ausencia de violencia física, ausencia de otros tipos de coacción, garantías de que ambos disponen de las mismas posibilidades para hablar e igualdad en el dominio de las destrezas lingüísticas. Estos requisitos son agrupados bajo el rótulo de “situación ideal de habla” (Habermas) o también de “comunidad ideal de comunicación” (Apel).

To ello conlleva a un punto clave, estar dispuesto a buscar alternativas aceptables por todos los interlocutores, adoptarlas y ponerlas en práctica.